24 febrero, 2017

En la tormenta


De todas las formas que tiene el hombre de sobrevivir, a Edelmiro Peña le tocó la más brava.
La eternidad se obtiene a medias en la estirpe de la sangre y debe un hombre contentarse con esa extraña manera de perdurar en el tiempo, pero existen casos en los que ni siquiera eso sucede. A Edelmiro el destino lo juzgó hombre sufrido (o quizá pagó sin saberlo, y de una vez, culpas ancestrales) y lo privó de perpetuarse.
Sentado en su viejo sofá, meditabundo, hacía meses que al llegar la noche repetía la escena. Primeramente se dejaba acompañar por una copa de vino pues bien lo ayudaba a aplacar la angustia que le invadía el pecho. Hurgaba entonces en su memoria e insistía con el mismo punto de partida cada vez, a pesar del estremecimiento que le provocaba. Era un llanto que lo alertaba felizmente. De inmediato hilaba, en su recuerdo, una melodía apenas perceptible que comenzaba a susurrar llevando algo de tranquilidad al niño que lloraba y que también era su hijo. Ahora que Edelmiro lo tomó en sus brazos, el niño cesó el llanto y entonces con la yema de sus dedos recorrió su rostro, contorneó sus pómulos y acomodó sus cejas con delicadeza de orfebre. Podía concentrarse y escuchar la respiración del niño como un lejano eco de la suya. Se sostenía en ese instante Edelmiro cuando los sonidos de la lluvia en los ventanales y del viento en los árboles, lo invadieron traspasando de la habitación del sofá hacia la del recuerdo, con brusca omnipotencia. Volvió entonces al viejo sofá, a la habitación húmeda, al silencio de la memoria interrumpido por la tormenta. Abrió los ojos, secó lágrimas que estaban al nacer, tanteó la mesa ratona hasta encontrar la copa y apuró un sorbo de vino para relajarse.
Demoró algunos minutos en sosegar su ánimo. Con lentitud de equilibrista volvió a esa tarde, reconstruyó el llanto y la futura calma. Le puso letra a la melodía que había servido para arrullar a su hijo. Pudo reconocer el olor que despedía mientras estaba en sus brazos, un aroma tan indescriptible como jamás sentiría el resto de su vida. Percibió cómo la pequeña mano del niño sujetó un bolsillo de su camisa, y se encorvó para besársela. Recordó que ni siquiera podía sospechar el hado fatal.  Y otra vez el silbido del viento, el tronar de la tormenta lo alejaban de aquella tarde, y lo acercaban a su verdad presente y cruel, tan cruel como saberse ausente de futuro. Y volvieron los truenos lejanos y las gotas pesadas, densas estrellándose contra el parabrisas. También escuchó muy a su pesar, el rechinar de los neumáticos y sintió, como si fuera hoy, el olor del caucho quemado invadiéndolo todo. Lo sobresaltó el recuerdo del instante en el que la tibia sangre le bajaba por la sien y el silencio desde el asiento de atrás era inmenso y final. No encontró explicación en ese entonces, ni la hallará en un mañana. Tal viraje del destino jamás puede ser comprendido, apenas queda aceptarlo con resignación y, en el caso de Edelmiro, con secreta culpa.



09 febrero, 2014

El que no moría

La Plata, 2013

La historia que refiero bien podría reescribirse bajo forma de investigación científica. La mera sospecha de que un ser humano alcance una edad avanzada sin perjuicios o achaques físicos llamaría la atención de, al menos, varios laboratorios alemanes, cuando no del ejército norteamericano. Las líneas que siguen narran en breves tintas el camino transitado desde mi completa ignorancia acerca de Emiliano Forse, hasta el conocimiento intrínseco del apodo que lo cubre: el que no moría. Componen esta historia tres hechos distanciados en tiempo y espacio, aunque íntimamente relacionados. El primero corresponde al momento en el que fui anoticiado de la probable existencia de Emiliano; sucedió en un pueblo de la Patagonia y coincidió con la muerte de mi padre. Me excuso de antemano: partes de mi memoria se han diluido, o mutaron. Tengo la certeza de que algunos detalles vitales han sido omitidos o camuflados por mi, entonces, insano juicio, y otros, presumo, han sido decorados por carecer de vuelo lírico.
Seguidamente un silencio que bien puede traducirse en olvido o desinterés de mi parte ocupa largos años, hasta que un mago cordobés alude a la persona de Emiliano y siembra nuevamente la duda e instantáneamente el recuerdo de la faena llevada a cabo por mi difunto padre. Arquímedes, quien vivió el momento, me narró lo sucedido en una misiva. Aunque se presenta como amante del paréntesis y los datos innecesarios, mi amigo epistolar deja ver, entre líneas, algunos rasgos de Emiliano Forse, el (hombre) que no moría.
Completa el terceto, un hecho más cercano en el calendario: el encuentro para nada casual que me puso frente a la verdad: a Emiliano Forse la muerte parece no caberle.
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Rincón de los Sauces, 1979


La noticia me tomó de improviso. Mi madre llamó aquella noche de mayo avanzada la madrugada. Entre sollozos, me relató algunos pormenores para concluir en que ya era tarde (demasiado tarde para todo) y que mi padre, Roque Antonio Gálvez, no resistiría más que algunas horas. Meditabundo, mezclé recuerdos con café y esperé con mansedumbre que la noche acabase. Por un instante me dormí en el sofá y habité un sueño donde estaba mi padre. Conversábamos banalidades y ya no podía distinguir indicios de la enfermedad que lo arrimaba al final. Le pregunté de un modo cafre si se iba a morir, entonces mi padre, con la mano, se buscó el corazón. Desperté desesperanzado. Preparé algunas cosas mínimas y partí cargado de preocupaciones. Arribé a Rincón quebrando la siesta. Apareció mi madre detrás de una celosía primero y frente al tapial después. No pudo evitar en su cara la tristeza, no pudo fingir.
Fueron tres días que aguardamos la llegada de lo inapelable. Mi padre apenas hablaba y cuando lo hacía musitaba inconexo. Mencionó, durante mi vigilia, el baúl de anchico que durante mi niñez, recuerdo bien, tuve vedado. En un ademán apenas perceptible señaló la mesa de luz donde estaba la llave que lo abriría y que entendí, debía guardar. ¿Qué era tan importante que no lo dejaba irse en paz? Esa misma noche, en silencio, mi padre dejó de latir.
Unos días más tarde abrí el mentado baúl de anchico y mentalmente elaboré un inventario de su contenido, sin comprender cabalmente de qué se trataba. Un bibliorato negro con el título Apariciones/Menciones de Emiliano Forse, una libreta sin páginas vírgenes, una escuadra de madera, una tabla periódica de los elementos, un manuscrito que llevaba por título “Ya nadie muere en Saldungaray”1, varias cintas de magnetofón2, entre otras cosas integraban esa excepcional amalgama.
Pregunté a mi madre por todo aquello que el baúl guardaba y acaso protegía.

- Él estaba empecinado en develar el secreto de la longevidad de Emiliano Forse. Lo creía inmortal –me dijo.
- ¿Y vos lo conocés? ¿qué pensás? –le pregunté.
- Ni siquiera puedo asegurar que exista ese hombre –me dijo.
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Salsipuedes, 1986

Muy Querido Bruno;

Supongo que andarás mejor que nunca; si no es así, vaya mi potente deseo al menos.
Hace poco sucedió algo que me trajo tu imagen (aunque siendo sincero, primero recordé a tu padre, y fue entonces que sentí esta necesidad imperiosa de escribirte).
La semana pasada, mientras pinchábamos algunos quesos y aceitunas con los muchachos, un mago entretenía las mesas con su arte. Sin excentricidades, aunque prolijo fue hilando su show. Al momento de cierre se dirigió a todos los comensales y adelantó que el próximo juego le había sido revelado por un colega en La Población. Impostando la voz, recitó un poema que atribuyó (corroboré luego, ya verás) a un tal Yolando Porto. Versaba casi enteramente sobre la lluvia, y con ciertos ademanes con los naipes y las manos, algunas figuras iban como lavándose, hasta quedar blancos. Culminó arrojando la baraja (aunque parecían más de cincuenta y dos naipes) que caería cual lluvia más allá del rincón que oficiaba de escenario. La sorpresa final era que todos eran reinas de corazones. El bar se inundó de aplausos, una señora de la primera fila lloró, tal vez por el show (tal vez por otra cosa, vaya uno a saber qué vida tendría). Luego (y acá quería llegar) agradeció a aquel que le había revelado la magia, con unas palabras que se balanceaban entre la emoción y la tonada cordobesa: “No debo olvidarme de Emiliano Forse, sin él, este momento sería para ustedes…”. Pero no escuché nada más.
Imaginate, querido Bruno, que al oir en ese parlamento el nombre de Emiliano me sobresalté como acusado inocente. Esperé con prudencia que se despejara el público y lo abordé:

También busco a Emiliano Forse – le dije estrechando la mano.
- No creo que tenga la suerte que tuve yo (de encontrarlo) – dijo él, mientras me devolvía el apretón.
- Pero… acaba de decir que lo vio, que habló con él… me basta saber que existe – le dije.
Piense bien, lo único que tiene es mi palabra de ilusionista, créame si le digo que eso no es prueba suficiente3 –dijo y firmando una reina de corazones, me preguntó- ¿Cómo se llama? 
Arquímedes... pero escuche...
- ¡Hacés bien qué mierda! - me interrumpió

Volví a mi casa con entusiasmo adolescente y algo de indignación (siempre cargo con esa emoción, dado que moviliza). Sabía que por algún lado tenía una libreta de anotaciones que me regaló tu padre, hace tantos años ya… (y es la misma que te envío, creo que es más tuya que mía, ahora). No me sorprendió tanto encontrar en ella el poema que había recitado el mago (con algunas leves incidencias). Fijate que seguido habla también del encuentro de Yolando Porto con Emiliano Forse en la Ciudad de Bahía Nueva. Sin salir de esa página y haciendo un paréntesis, se menciona a un oficial de policía, Patricio Bacerta, que destaca las maniobras necesarias a la hora de atrapar un buen pez gallo (desde la costa). Atendé: “Es imperioso que sea de noche, al pez gallo sólo se lo atrapa a la luz de la luna. A menos que sea llena: se pudre nomás uno lo saca del agua, va de pez a pescado en un santiamén.” ¿Raro, no? Pero ciertamente lo más sospechoso sea la oscilación de fechas y de lugares. El punto destacado por su desmesura en espacio y clima acaso sea la península de Kamchatka hacia el 19274, mientras que la última mención, tal vez sea la mía, del mago en La Población (que agregué en tinta roja), de hace cinco años a esta parte. Estamos ante testimonios de un hombre viajado y vivido interminablemente.
Según el anotador, Emiliano pasó una temporada con los tobas en el Impenetrable Chaqueño, en esas páginas deja en claro que lo que aprendió tiene carácter de ignoto: “Jamás podré revelarlos, son, esos conocimientos, ahora parte de mi ser, de mi sangre y de mi alma”. Pensamos que las enseñanzas de algún chamán le habrían alargado la vida. Un texto de tu padre daba cuenta de una versión que atribuye todo al azar, que habiendo nacido Emiliano un 29 de febrero, corría con la ventaja de cumplir menos años que el resto de los mortales. Gran zoncera. Gigante pavada.
Sin embargo tu propio padre acuñó una idea sencilla, pero creíble: Emiliano era nada más y nada menos que un engaño, un ardid de vaya a saber quién, con intenciones desconocidas. Tengo presente ese momento de discusión con tu padre (junto con otros, momentos digo): Apenas expuso su teoría, le contesté que sostener una mentira del tipo que sea, durante tanto tiempo, era imposible. Roque, que no quería dar el brazo a torcer (¿quién lo haría?) me acercó con la vista un ejemplar de la Biblia.
En (posteriores) conversaciones, me anotició de un rumor acerca de un pacto entre Emiliano y fuerzas ancestrales cuando no diabólicas. Se sabía que de vez en cuando encendía una pipa, y algunos decían haber compartido una mesa de póker pero no su suerte, indestructible. Pero claro que esas costumbres distan de ser milagrosas, más bien lo contrario. Un dato acerca de una conferencia para jóvenes promesas5 de la cual Emiliano habría participado siendo bastante mayor, fue la gota que rebasó el vaso del que bebía tu padre. Las cuentas no le cerraban. Pensamos en una sucesión de Emilianos Forses, que a medida que avanzaban en años iban siendo reemplazados de un modo sigiloso y hermético por otros más jóvenes, ya adiestrados. Esto implicaba un cambio sustancial: Emiliano Forse no sería sustantivo propio, si no colectivo.
La búsqueda de una pócima mágica o de una explicación razonable para confirmar o dar por tierra la inmortalidad o longevidad que le atribuiamos a Emiliano, estaba volviendo loco a Roque. Cada avance en la biografía de Emiliano representaba un lugar lejano en el tiempo. Era imposible conseguir pruebas sólidas. Y a la vez descartar las existentes, lo era también.
Poco a poco terminamos distanciándonos. No por este tema en concreto. Fue por un asunto en Glew, pero eso ya no importa, es harina de otro costal. Lo encontré un día, otoños mediante, revolviendo libros en Parque Rivadavia, daba la impresión de haberse convertido en un ser solitario y errante6. Hicimos como que el tiempo no había pasado (y, sospecho, se sintió cómodo en ese simulacro). Me citó palabras que dijo o debió haber dicho Borges: “Lo que hace a Dios omnipotente es la paciencia infinita que otorga la eternidad” y también una línea de su cantera: “Que no lo encuentre a este hijo de una gran siete”. En ambos casos se refería a Emiliano Forse. Fue ahí cuando le perdí el rastro. Cuando supe de su enfermedad, supe también del descenlace. No pude verlo.
Espero que esta catarata de recuerdos no te inunde los ojos, como a mi.


Con afecto heredado,
Arquímedes Paspar Tot
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Saldungaray, 2011

- ¿Bruno Gálvez? –me dijo una voz desconocida.

La voz me encontró tomando un café. Había elegido una mesa en el fondo del bar y allí la luz era tenue, por no decir escasa. Era para mí, en ese entonces, además de la voz, un sujeto completamente desconocido, una sombra. Ahora que lo pienso, no fue en tono de pregunta lo que dijo, si no más bien dando por sentado que sabía con quién hablaba.

- Bruno Gálvez. – había dicho.

Escoltó sus palabras con un gesto –señaló la silla vacía frente a mí– y una acción –se sentó en ella–. Claro que su sola irrupción me incomodó, pero traté de ser cortés:

- No recuerdo de dónde lo conozco –le dije sin sacarle la vista de encima.
- Créame si le digo que yo tampoco. De todos modos sé que me ha estado buscando. Como lo hizo su padre.
- ¿Cuál es su nombre? –quise saber, ya temeroso.
- Creo que sabe de sobra quién soy -dijo sacándose el sombrero y descubriendo algunas canas-.
- … -callé.
- Soy Emiliano Forse, pero tengo entendido que usted, Bruno, me conoce como el que no moría. Algo de cierto hay, pero le aseguro que no es para tanto.

En ese momento mil preguntas pasaron por mi mente. Llamé al mozo y pedí un cortado para mi invitado.

Que sea una lágrima por favor -le dijo al mozo, y agregó para mí-: Con el correr de los años me he vuelto un tipo sentimental.

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1 NdelA: El libro sin editar, firmado por un tal Rubén Hermosilla, es de carácter histórico y versa básicamente sobre una historia que sacudió a la población, allá por la década del ‘30, cuando el otrora nieto del fundador devenido en diputado, doctor Santiago Saldungaray, inauguró el portal del cementerio, y declaró (entre copas) que lo hizo por mandato de la Logia 19 para “mantener alejada a la muerte del lugar”. Lo concreto es que desde aquel entonces, el cementerio ha crecido en habitantes acaso menos que el pueblo, de lo que se desprende la necesidad del saldungarayense de ir a morir a otro lado o bien, ser cremado.
2 NdelA: Resultaron ser las Cintas de la Verdad. Al día de hoy han sido desgrabadas más de la mitad, varias hablan con holgura, entre otros temas, sobre qué se entiende por pobre tipo. Otras nos dan pautas para ser mandados con corrección. Las más tratan sobre como hacer un buen omelet y una salsa de poderes arcanos. Y las menos, de cualquier cosa. Se da por entendido que la voz que en todas aparece es la de Roberto Gatto y aunque no se explica el vínculo con Roque Gálvez, puede adivinarse un parangón con la vida de Emiliano Forse.
3 NdelA: Luis Varela y Paus (1967), había desmenuzado el concepto en su “Discusiones en la sobremesa de la magia” aduciendo que la ausencia de pruebas no hace más que demostrar la existencia de lo dudado. Afirma, allá por la página 23 de su ensayo, que “sólo a un tipo como Jesús se le ocurre semejante barbaridad”, sin dejar en claro a qué se refiere hasta tres párrafos más adelante donde explica: “la magia entonces había tomado estado público, aquello que era un secreto a resguardo de infelices, estaba en manos de una horda de fanáticos de Jesucristo” y carga tinta contra quienes descreen de la palabra de un mago.
4 NdelA: Se narra en algunos escritos que Emiliano Forse jugó un papel determinante para reestablecer la soberanía rusa sobre Kamchatka, por ese entonces, en poder de terratenientes nipones. El tipo manejaba mejor el japonés que el ruso, y eso dio sus frutos.
5 En el Encuentro Anual de Jóvenes Promesas Italianas de 1954 (Giovani Promesse Italiane ‘54) de la Universitas Studiorum Caralitana, Emiliano, sostiene en un discurso difícil de olvidar que la juventud es atemporal y que la experiencia puede ser ajena, y concluye ante un auditorio al borde del llanto: “Forse la vita è più lunga di quanto si pensi”
6 Tal como sostiene Lukas Borson en “Límites del occipital derecho (1962) la locura es solitaria. Allí Borson reduce la posibilidad de la locura a un solo ser y acuña el término patolentes para referirse a la supuesta locura colectiva, aunque no tuvo eco alguno, como el resto de su obra.